Las vueltas de la vida II

febrero 6, 2008

Iba yo en uno de mis dos viajes semanales a Santiago, con tanto tiempo de sobra que hasta pensé en pasar a ver si una amiga que no veo hace más de 15 años vive aún en la misma casa, que me queda a la pasada de la universidad. Pero el destino cruzó otras variables en mi camino, que partió medio complicado porque salí sin mucha bencina de mi casa. Sin casi nada, en realidad.

“En Llay Llay”, pensé, si total Limoncito siempre aperra (Limoncito es nuestro pequeño Spark verde, que tantas satisfacciones económicas y de tamaño quepo-en-cualquier-lado nos ha dado). Resulta que voy llegando a la bomba, que antes de hoy no cachaba que era la ÚLTIMA de las bombas hasta bien entrado Santiago… pero iba yo por la pista izquierda. Me empiezo a pasar de a poco a la derecha, y no falta el simpático que me tira la camioneta encima como diciendo “ya no pasaste ya… jaja, soy tan poderoso”. Y me corrió hasta que no me quedó otra que acelerar y pasar de largo. Quedé más picá… pero seguí, no sin antes realizar cierto gesto con el dedo al auto solidario, que más allá quedó detrás de mí en el peaje, y tuvo el descaro de apurarme a bocinazos. Sí, horrible, quedé como mal educada, pero por Dios que se lo merecía.

La cosa es que crucé los dedos, hice un par de Pilatos pa poder llegar a tiempo a la siguiente estación, y partí. Pasé la cuesta, pasé… pasé… pasé, y nada. 40 minutos con la lucecita roja que me indicaba el Empty, y que ya me tenía chata, y pensé: me voy a quedar en pana de bencina, la pana del tonto, y voy a tener que hacer dedo, y devolverme en alguna micro, con un bidón prestado, y el Coto no va a dejar de molestarme y reírse de aquí a fin de año…

Empieza a tironear el auto. No aceleró más, y seguía solamente con el vuelito… ya, pensé. Hasta aquí llegué. Cuando ya no había nada, pero nada que hacer, miro al frente y “ahhhhh”, luces, cantos celestiales: COPEC. La primera en servicios, dije yo. Esto es demasiada cueva, me pasé. Quedar justo al frente.

Luces de estacionamiento, el auto bien cerrado, agarré mi cartera y partí por el medio de la norte sur, pasando las barreras de contención tal como los tipos contra los cuales yo alego mientras voy manejando y se cruzan tan irresponsablemente, sin usar las pasarelas peatonales.

Le expliqué mi situación al bombero, quién sin contestarme nada, partió a buscar un bidón, no sin antes hacerme prometer que se lo devolvería. Claro, lo que sea, pero por favor, cinco luquitas pa llegar a la próxima estación, le imploraba yo. Nos falta un embudo, o un envase de bebida nos podría servir, me dijo, y partió otra vez, a hurgar un basurero. Yo no podía creer cuando vi que se encontró una luca adentro de esos que clasifican en papel, plástico y vidrio.

¿Ve?, por ayudarla a usted, me encontré luca – me dijo feliz, y partió otra vez sin decir nada más, quién sabe dónde.

Muchas gracias- le dije cuando reapareció- la buena onda siempre se devuelve.

La verdad es que mi buena suerte empezó más temprano. Mi hijo, que había estado 13 días en coma, despertó esta tarde.

No le puedo creer. ¿Le acaban de avisar?, ¿por qué estaba en coma?, ¿qué edad tiene? – me bajó el espíritu periodístico de servicio social de un sopetón.

Y fue así como me enteré que este técnico en comercio exterior, de 24 años de edad, sufrió un aneurisma cerebral. Andaba comprando en el Parque Arauco, feliz, porque su título profesional, cuya entrega se había atrasado por no tener plata para terminar de pagar la u, al fin había llegado a sus manos. Pero había otra cosa que lo hacía más feliz: se había enterado de que sería papá. Su polola tiene 3 meses y medio.

Pero en medio del día le vino un fuerte dolor de cabeza. Se tomó un remedio tipo zolben o aspirina, y se le quitó un poco… se fue para su casa. Apenas reconoció a su hermano Rodrigo. “Sé que eres pariente mío, pero no sé quién eres”, le dijo de entrada. A su hermana le soltó otro montón de incoherencias, y empezó a gritar como salvaje por el dolor que sentía. Se borró. Ojos blancos, onda ataque. Se fue en ambulancia, donde le vino el coma.

13 días. Trece días sin despertar, sin saber…

Hoy día, su padre fue avisado de que había abierto los ojos. Hoy día su padre, el bombero, estaba feliz. Aunque desconoce los daños neurológicos aún. Aunque los doctores dicen que es un milagro que haya despertado.

Los milagros existen. Y otros también necesitan este milagro. Pero, como la buena onda se devuelve, tal como le dije al bombero, las ondas son expansivas, y nos tocan de una u otra manera, a todos.

No tuve que devolverle el bidón, porque me acompañó, atravesando la carretera nuevamente, hasta donde esperaba mi fiel Limoncito.

Le grité de corazón, desde la ventanilla de mi auto en marcha, que le deseaba la mejor de las suertes con su hijo, no sin antes agradecerle muchísimo la ayuda desinteresada que me dio.

PD: Sólo para los curiosos. En todo esto eché como media hora, perdiendo la posibilidad de pasar a ver a mi famosa amiga. Para la próxima será.

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